lunes, 3 de abril de 2017

Historia Intima de Cómo se desarrolló el Golpe Militar





POR RAFAEL MOLINA MORILLO
Este es un relato de cómo se sucedieron los acontecimientos que culminaron con el derrocamiento del profesor Juan Bosch de la Presidencia de la República.  Esta versión ha sido realizada por el Autor del artículo, después de reconstruir cronológicamente los días 24 y 25 de septiembre pasado, atando cabos y conciliando los hechos tal y como le fueron narrados separadamente por tres personas que vivieron de cerca aquellos momentos históricos.  Esas tres personas son un Oficial que presenció la entrevista que sostuvieron los jerarcas militares con el entonces Presidente Bosch en Palacio la noche del 24; un Civil, amigo de Bosch, que estuvo junto a él a partir del 25 a las 5 de la madrugada; y otro Civil, contrario político de Bosch, que estuvo en Palacio casi durante todo el día 25.


 ¿Viste ese recibimiento? ¡Con ese respaldo popular, a este gobierno no lo tumba nadie! La expresión, llena de optimismo, salía de labios del entonces Presidente de la República, Juan Bosch. La escena se desarrollaba en el Estadio Quisqueya, adonde el discutido hombre público había acudido para presenciar las exhibiciones del grupo de danzas y música mexicana que vino al país como consecuencia de la visita a México del gobernante dominicano.

En medio de las alegres notas del jarabe tapatío, y bajo las luces de los focos de las cámaras televisoras que llevaban los detalles del evento a todos los hogares dominicanos, Bosch Llegó esa noche —23 de septiembre de 1963— al Estadio Quisqueya. No fué directamente al palco presidencial, como estaba programado, sino que quiso mezclarse entre el público que, allí reunido, aplaudía el espectáculo que había venido directamente desde Caracas como un regalo artístico del gobierno mexicano al pueblo dominicano.

Cuando el público reconoció la cabeza blanca de Bosch en aquel océano humano, las demostraciones de solidaridad fueron efusivas y prolongadas. El presidente se abrió paso entre la multitud y llegó, sofocado y sonriente, al palco presidencial. Al reconocer a uno de sus amigos que allí le esperaba, le espetó la frase ya citada:

 — ¿Viste ese recibimiento? ¡Con ese respaldo popular, a este gobierno no lo tumba nadie!

Treinta horas después, sin embargo, el gobierno de Bosch fué tumbado por las armas.

¿Cómo transcurrieron las horas, los minutos, a partir de ese instante de euforia y optimismo en el Estadio Quisqueya, cuando Bosch todavía no sospechaba nada de lo que ocurrirá, hasta el momento del golpe final que destruyó la constitucionalidad?
 Muchas versiones callejeras han circulado al respecto. Algunas de ellas pecan de mala fé. Otras de inexactas. Las hay exageradas y las hay incompletas. Sin ningún interés ni finalidad política hemos tratado de reconstruir los hechos. Para tal fin intentamos y logramos hacer contacto —y arrancarle declaraciones o relatos parciales— a tres personas de distintas ideas que estuvieron en la escena de los hechos durante los días decisivos. Este trabajo es el resultado de esa investigación.

"No duerma en su casa, Presidente"

El 24 de septiembre se celebra en nuestro país el Día de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de la República.  Es una fiesta religiosa tradicional cuya fecha se conmemora con veneración en todos los ámbitos del país.  Desde luego, ese día no se trabaja. Era martes.

Serían cerca de las diez de la mañana cuando el jefe del ejecutivo, que estaba en su residencia de la avenida Abraham Lincoln, recibió un serio aviso de un amigo a quien se supone que podía estar bien enterado de todo lo que ocurría alrededor del Presidente.

 —No duerma esta noche en su casa, Presidente —le dijo esa persona. — ¿Por qué? —preguntó extrañado Bosch, a quien ese mismo amigo le venía diciendo día tras día que no hiciera caso de las innumerables "bolas" que venían circulando sobre supuestos atentados contra su persona.

 El amigo contestó secamente: —Hay un orden para matarle... y esta vez es de verdad!

Según las personas que estaban cerca en ese momento, y que pudieron escuchar la breve conversación, Bosch permaneció aparentemente sereno. Pero en seguida se comunicó —no se sabe si telefónica o personalmente— con el Ministro de las Fuerzas Armadas, general Elby Viñas Román. Tampoco se ha establecido qué conversó exactamente Bosch con Viñas, pero se supone que era algo en relación con una reunión "rutinaria" que los altos jerarcas militares estaban celebrando en ese momento en el Palacio Nacional. (El Ministerio de las Fuerzas Armadas tiene su sede en Palacio, y por eso no era extraño que una reunión de tal naturaleza se celebrase allí).

No bien terminó Bosch de hablar con el general Viñas, llegaron a su casa Sacha Volman y el embajador de los Estados Unidos, John B. Martin.  Volman es un personaje muy discutido. Algunos lo señalan como agente comunista y otros le tildan de ser agente del Departamento de Estado. Lo que parece haberse demostrado es que el enigmático elemento tiene buenas relaciones personales con el presidente Kennedy. También se le señala como el "elemento de enlace entre los gobiernos dominicano (de Bosch) y norteamericano".

Tras una conversación tripartita de media hora, el diplomático del Tío Sam se despidió y dejó a solas a Volman con Bosch. El tema de la conversación es otro misterio hasta la fecha, pero hay indicios de que no fué otro que el golpe militar que se estaba tramando.

 Una versión muy atendible dice que Martin previno a Bosch de lo que iba a acontecer. Se asegura que el embajador dijo al presidente:
 — La flota de mi país está a doce horas de la costa. Si usted me autoriza, puedo hacerla situar a sólo seis horas de la costa.

Bosch dijo que no.

 La misma versión que —es bueno repetirlo— no ha podido ser confirmada, revela que el Ministro de Agricultura, Antonio Guzmán, trató de convencer a Bosch de que aceptara el ofrecimiento de Martin, pero que durante largo rato el presidente  mantuvo su negativa. Se asegura que finalmente accedió, pero que cuando se le hizo saber a Martin la nueva postura del presidente ya eran las 5 de la tarde, y el embajador americano lamentó que ya no había tiempo, pues la flota estaba en ese momento a veinte horas de la costa.

"Secreto a voces"

Pero volvamos a nuestro relato. Al mediodía del 24, ya era un secreto a voces que algo se estaba tramando contra el gobierno o contra Bosch. A partir de ese instante, la casa del presidente fué visitada por un sinnúmero de allegados. Entre ellos el Ministro de Recuperación de Bienes, señor Brea Peña, quien le manifestó al ejecutivo que cancelaría su proyectado viaje a Azua.

 —No hagas caso de rumores —le respondió Bosch— y vete tranquilo a Azua. Brea Peña simuló que obedecía la orden presidencial, pero se quedó en la ciudad a la espera de los acontecimientos.

A la una de la tarde el presidente se dispuso a salir para asistir a un almuerzo que se ofrecía en ese instante a los integrantes del grupo artístico mexicano, en el hotel Hispaniola. Los mexicanos habían actuado la noche anterior en el estadio Quisqueya, para todo el público que deseó asistir, y volverían a presentarse esa noche (día 24) en una actuación dedicada a las Fuerzas Armadas.

Antes de llegar al hotel Hispaniola, sin embargo, Bosch hizo desviar su automóvil hacia la casa de Sacha Volman, en la autopista Santo Domingo-Haina. Sacha Volman no estaba en su casa, pero fué localizado desde allí por teléfono, y acudió prontamente a encontrarse con el presidente. Nuevamente hablaron durante tres cuartos de hora. El tema de esa conversación: otro misterio.

En el hotel Hispaniola Bosch no quiso probar bocado. Fué este el primer síntoma del nerviosismo —por así decirlo— del presidente. Nadie podía notarlo, pero un buen observador podía adivinar cierta intranquilidad en Bosch. En dos ocasiones preguntó a las personas de su confianza que estaban cerca de él si el general Viñas Román no había regresado de San Isidro.

(Después se supo que Bosch había enviado a este alto oficial a la base aérea con el encargo de hacer venir el general Atila Luna —jefe de Estado Mayor de la Aviación— a conversar con él en el Palacio o en su residencia).

 Sin tener noticias de Viñas ni de Luna, Bosch abandonó el hotel al final del almuerzo, pero antes probó un bistec que casi le obligaron a servirse los camareros, quienes, al notar que no comía, le significaron que eso era un desaire para ellos... Al fin, a eso de las 3:45 p.m., se juntaron en la residencia presidencial Bosch y el general Viñas Román. Este le informó al presidente que no había podido ver al general Luna ni al coronel Wessin y Wessin —que también era solicitado por Bosch —.

 — No he podido conseguirlos —expresó Viñas. —Ah, pues esos no están conmigo —respondió el presidente.

 Actividades normales La inminencia del problema ni hizo alterar el desarrollo de las actividades normal del Presidente. Pocos minutos después de su entrevista con su Ministro de las Fuerzas Armadas, Bosch sostuvo otra con el periodista Julio César Martínez, director de Radio Santo Domingo, a quien le criticó la política editorial que llevaba esa planta radiotelevisora. Aparentemente, Bosch consideraba que muchos problemas de su gobierno eran agravados por la "mala política" de la radio oficial.

Después habló Bosch por teléfono con el Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Héctor García Godoy, a quien le pidió una lista con los nombres de las personas que se había refugiado en busca de asilo en la Embajada de Colombia.

 Y de inmediato se comunicó —también por teléfono— con el Viceministro de Interior, doctor Anselmo Brache Viñas, a quien le pidió que se trasladara a Salcedo, en interés de investigar a fondo los sucesos ocurridos allí hacia pocos días, en los cuales perdió la vida un joven "catorcista" en un incidente con un agente de la Policía.

 Ya cambiado de ropa, el presidente Bosch salió de su residencia a las 7:30 p.m. del día 24, con rumbo al Club de Oficiales del Centro de los Héroes (antigua Feria de la Paz), donde se le ofreció un agasajo al almirante norteamericano Farrell.

 Tan pronto entró al salón de la recepción, el hábil político de 54 años de edad recorrió e1 panorama con la mirada, y a seguidas comentó con uno de sus acompañantes:
 —Fíjate bien: no hay aquí ni un solo oficial de la Aviación.

La recepción discurrió normalmente —al menos en apariencia —. Nadie que no estuviera enterado de lo que se avecinaba, podía predecir, viendo aque1 ágape tan cordial, que se estaba a pocas horas del derrumbe de un gobierno que tenía fé ciega en el respaldo popular y en sus principales jefes militares.

Al despedirse, el presidente Bosch bajó en el ascensor acompañado por un grupo de altos oficiales, incluso el general Viñas. El embajador Martin y el consejero King, de los Estados Unidos, no cupieron en ese viaje del ascensor. Bosch, quien observó el detalle, le dijo al ascensorista: —Suba y dígales al Embajador Martín y al señor King que los espero en mi casa.

La reunión en la residencia de Bosch fué informal. Se trataron tópicos de interés general.

El señor King pidió permiso para retirarse y se despidió a las 9 de la noche. Martin permaneció un rato más en la casa. Mientras tanto, Bosch, que no había olvidado el consejo de que no durmiera esa noche en su casa, le solicitó a su ayudante militar que le ayudara a preparar un "necesaire" para irse a dormir al Palacio Nacional, donde él consideraba que estaría seguro por la vigilancia normal que se tiene establecida allí.

 En esos momentos sonó el teléfono de la casa. Era el Autor de este artículo, a la sazón director ejecutivo de "El Caribe", quien llamaba al presidente. Este no tardó en tomar el auricular.

Presidente —le dijimos— deseamos leerle el texto de un artículo del periodista americano Hal Hendrix, que será publicado mañana en "El Caribe", para que usted nos haga alguna declaración al respecto.

 Le advertimos que el artículo era muy duro contra su persona y su gobierno. Bosch escuchó pacientemente la lectura del trabajo. Al finalizar el mismo, nos dijo:

 — ¿Y qué quiere usted que le declare? Yo prefiero no comentar esa clase de artículos. Pero le agradezco que lo haga publicar, para que se vean todas las afirmaciones absurdas que allí se hacen.

(En el artículo de Hendrix se predecía, entre otras cosas, que Bosch podía ser derrocado de un momento a otro).

 Poco después de esa conversación telefónica Bosch abandonó su residencia. Se dirigió al Palacio. Lo primero que hizo fué doblar la guardia, es decir, elevar la vigilancia de 60 hombres —que es lo normal— a 120 hombres. Al mismo tiempo pidió al Ministro de las Fuerzas Armadas que hiciera venir al Palacio a todos los jefes militares, de las tres fuerzas (Ejército, Marina y Aviación).

 Mientras esperaba, en compañía de algunos Ministros que habían acudido al Palacio al enterarse de que el Presidente estaba allí y de que algo olía mal, ocurrió un incidente sin importancia, pero que merece ser relatado: una mariposa revoloteaba alrededor de Bosch, hasta el grado de llegar a ser molestosa.  El ejecutivo agarró un periódico y ¡paf!, golpeó al bicho contra un escritorio.

 El golpe fué contundente y retumbó en la habitación, como si hubiera sido un disparo.  Al instante corrieron todos los soldados que hacían guardia, arma en mano, aparentemente dispuestos a entrar en acción.

 — ¡Bravo! —exclamó uno de los acompañantes— con esta guardia tan alerta estamos garantizados!

Wessin destituido

En presencia del Ministro de la Presidencia, doctor Abraham I. Jaar, y del viceministro Fabio Herrera, Bosch comenzó a escribir algo a mano.

Era el borrador de un decreto destituyendo al coronel Wessin y Wessin, de la Aviación Militar, de su rango militar. Aparentemente, Bosch consideraba a Wessin una pieza fundamental en la anómala situación que se le presentaba a su gobierno y estimó que, sacándolo de las filas, podría resolver o aliviar el problema.

 En ese instante llegaron los oficiales que habían sido citados por Bosch por mediación de Viñas Román. O mejor dicho, llegaron casi todos los oficiales citados: faltaban los de la Aviación. Eran las 12:30 de la madrugada del día 25.

Antes de presentarse ante Bosch, cuyo despacho estaba en el ala derecha del Palacio Nacional, los catorce oficiales (de la Marina y el Ejército) que concurrieron a la cita se reunieron entre sí durante una hora, en el despacho de las Fuerzas Armadas (ala izquierda del Palacio).

Finalmente, poco después de la una y media de la madrugada, cruzaron el largo pasillo de alfombra roja que atraviesa el Palacio de extremo a extremo y se presentaron al despacho presidencial. Sostuvieron una entrevista con Bosch, a puerta cerrada, en la cual conversaron de distintos temas.

No es cierto, como se ha venido afirmando, que los oficiales presentaron un pliego de condiciones a Bosch para darle su apoyo. El supuesto pliego no existió nunca. Pero sí es verdad que los militares tocaron el tema del peligro comunista y le insinuaron a Bosch que podía hacer algo más efectivo para combatirlo.

Por su parte, Bosch les comunicó que se proponía cancelar a Wessin, pero antes les pidió, uno por uno, su opinión sobre esa decisión. La mayoría opinó que esa cancelación no era necesaria ni conveniente. Entonces Bosch exigió que Wessin fuera trasladado a otra base, por considerar que donde estaba era peligroso para la estabilidad del gobierno.

Los militares se comunicaron telefónicamente con el general Atila Luna, quien estaba en San Isidro, y le informaron lo que pasaba. Luna contestó que enviaría sus delegados al Palacio, para discutir el asunto.

Los delegados no tardaron en llegar. Eran los oficiales Guarién Cabrera Ariza y Álvarez Albizu. Traían un mensaje categórico y terminante de general Luna: la Aviación no aceptaba ningún cambio en sus filas.

 Bosch recibió la noticia impávido. — Ya hemos terminado —dijo con sequedad—. Se pueden retirar.

Y cuando estuvo a solas con sus Ministros les anunció:

 —Voy a presentar mi renuncia.

Eran exactamente las 2:15 de la madrugada.

Culmino el Golpe

Los oficiales se habían retirado al ala izquierda del Palacio, o sea a la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas. Bosch comenzó a recoger sus cosas personales de su escritorio, mientras sus acompañantes llamaban a los Ministros ausentes para que acudieran al Palacio.

También fueron llamados el presidente del Senado, doctor Juan Casasnovas Garrido y el presidente de la Cámara de Diputados, doctor Rafael Molina Ureña, para que reunieran la Asamblea Nacional.

 Según la Constitución, el presidente de la República solo puede renunciar ante la Asamblea Nacional.

Serían cerca de las 4 de la mañana cuando Viñas Román regresó al despecho presidencial y le anunció a Bosch que, por acuerdo de todos los oficiales, él y sus acompañantes estaban prisioneros.

 Entonces Bosch —o uno de sus Ministros— rompió furtivamente la renuncia que ya aquel tenía escrita.

 El golpe estaba dado. Los militares habían tomado el poder. En esos instantes comenzó a redactarse el Manifiesto de las Fuerzas Armados que poco después sería lanzado al aire por la Radio Santo Domingo, ocupada ya por los golpistas.

 Bosch hizo una sola llamada al exterior: a su esposa doña Carmen. La llamó a Puerto Rico y le informó del golpe. Es presumible que fuera ella quien se comu- nicara esa madrugada con el Presidente Betancourt y con el gobernador Muñoz Marín, y no Bosch, como informaron las agencias noticiosas internacionales.

Como epílogo puede asegurarse que el embajador Martín, a quien le fue permitido entrevistarse con Bosch ese día 25 a las 5:50 de la mañana —cuando ya el ex presidente era un prisionero— le ofreció a éste los infantes de Marina "para restablecer el orden constitucional".

Bosch dijo, otra vez, que no. La suerte estaba ya echada. Los militares habían sido, una vez más, los árbitros del destino latinoamericano.


Fuente: Ahora! Núm. 44, 1963, 1 quincena, noviembre de 1963

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